martes, 25 de marzo de 2014

Y si no lo gana, ¿qué?

El campeonato internacional de obligaciones comenzó para Messi desde que nació. Con las suyas, las que él mismo se impone. Las de jugar, hacer goles -más de los que nadie nunca jamás hizo-, la de ser figura -la más grande que sea posible-, la de ganar todos los títulos existentes -y especialmente el más grande de todos, el Mundial-, y, después, seguir haciendo goles, seguir siendo figura y seguir ganando títulos, especialmente el más grande de todos, otro Mundial.

Y es así porque así es Messi. Sólo él tiene la capacidad para exigirse algo. Para solicitarse ir por algo más. Porque, está claro, su deseo es tan grande que se hace inagotable. Su fútbol es deseo. Lo que lo moviliza es el deseo. Más que ninguno. Más que nadie. Por eso es tan bueno:porque desea. Y porque lo desea.

Ahora, el resto, todos nosotros, nunca jamás podremos ponernos en la altura de exigirle algo a alguien que entrega todo y más. Porque Messi no tiene ninguna obligación con nosotros, la patria Argentina, si es que así podemos llamarnos.

Desde qué lugar algunos se atreven a denostar los goles que hace Messi, por ejemplo, al Almería. "Que allá los defensores no marcan,que los arqueros no saben atajar y que el Getafe en el campeonato argentino saldría último".

Todos ellos (que son muchos), jamás podrán "obligarlo" a Messi a que gane un Mundial (y lo hacen, eh), porque jamás tuvieron el mismo deseo. Para nada. Ningunos de esos ha deseado tanto algo como desea Messi. A ese nivel. Y nadie, ninguno de esos, jamás se exigió asi mismo como se exige Messi. Algunos serán más "exitosos" en su vida. Otros menos (otro día discutimos sobre el éxito, ¿sí?). Pero no conocen ese nivel de deseo.

Pero, en estos 80 días que faltan para Brasil 2014 lo voy aseguir escuchando. En cada lugar hay uno de esos seres humanos incapaces de fomentar el deseo propio pero sí ponerle un revolver en la cabeza a Messi. "Que gane el Mundial como Maradona, sino no existe".

Y si no gana el Mundial, ¿qué? Para Messi será la gran decepción de su vida (futbolística). El deseo frustrado más doloroso. Pero seguramente lo volverá a intentar, si las piernas le dan para 2018.

Estos otros, que son muchos, seguirán en su sofá deseando nada para sus propias vidas. Y exigiendo a los demás a que sean campeones mundiales de la vida. Y que, además, hagan un gol en la final.

lunes, 17 de marzo de 2014

Hubo un Barcelona en Traslasierras



Por una casualidad del destino, del lugar, o vaya a saber por qué fenómeno natural (o anti natural), en ese exacto sitio de Córdoba no había hombres altos. Imagínense una ciudad entera de tipos de 1,60 centímetros, cuanto mucho. Gente común, obviamente. Pero no había algún lungo de esos que ya sobresalen en la fila del colegio primario.
La realidad era esa. Hombres con altura de mujeres. Y hasta alguna mina le sacaba una cabeza a más de uno. Dicen, aseguran quienes llevan más tiempo viviendo acá, que hubo una familia, los Laguzzi, que supo tener un par de hijos de 1,70 y 1,75. Pero los pibes se fueron a estudiar a Córdoba y jamás volvieron.
Se entiende. Llamaban demasiado la atención. Y se hacía muy difícil poder vivir en un lugar donde todo te queda chico. Porque desde el carpintero que confeccionaba las puertas, las camas o las sillas, pasando por las costureras o los zapateros, todos eran petisos. Y cada utensilio de la vida cotidiana era justo para ellos. No sobraba ni un centímetro.
Pero allí, en medio de un pueblito donde todo estaba hecho a su medida, surgió algo que los superó. Que los pasó. Que creció aún entre enanos. Y que llegó a ser casi una fábula que todavía se cuenta por la zona de Traslasierras. Siempre y cuando se hable de fútbol, claro está.
“El equipo de los enanos”. Así de simple. Uno ya sabía. Porque hicieron escuela allá por los años 70 y 80. Estamos hablando de un equipo de tipos bajos, muy bajitos, que crecían cuando empezaban a tocar la pelota. Lidiando así con todas las limitaciones físicas. Logrando, a través del juego, superar todos los obstáculos que se les presentaron por aquellos años.
Y ojo que intentaron todo. Y aquellos que se burlaron del equipo de los enanos la primera vez que los enfrentaron, desearon nunca más volverse a cruzar con esos demonios a los que las camisetas les quedaban enormes. Eran niños jugando al fútbol contra adultos.
Se dijo que en realidad eran duendes. Que no eran humanos. Porque era imposible que aquellos diminutos seres pudieran realizar aquellos maravillosos malabarismos con la pelota.
Hay una foto que todavía gira por algún viejo álbum de mi abuelo donde está esa formación. Que fue única en la historia del fútbol. Porque no había arriba ni abajo. Sino, que en señal de protesta a los modismos del fútbol, el equipo de los enanos se hacía fotografiar todos arrodillados en el césped. Uno al lado del otro.
También es cierto que hubo un pedido formal y por escrito de un grupo grande de clubes que clamaron por su desafiliación. Porque afirmaban con vehemencia que no pertenecían a esta liga. Ni a ninguna. Que no eran de acá. Que si es que existía una liga para enanos, ellos debían participar allí.
Las estadísticas todavía los recuerdan como el equipo más campeón en la Liga de Traslasierras. 18 títulos en 18 años consecutivos. Más de 2 mil goles a favor, con Atilio Miranda como su goleador furtivo, con mil tantos. Si hasta le decían el “Pelé enano”, porque había anotando tanto o más goles que el crack brasileño reconocido en el mundo entero.
Aquí, en estas líneas, hacemos algo de justicia con Atilio Miranda, un goleador enano olvidado. Que hizo la mitad de sus goles de cabeza. Los defensores nunca podían tomarlo, porque Miranda se encaraba de saltar entre ellos como un gimnasta. Era una pluma, que se elevaba y metía un certero frentazo contra un palo. Tenía un ladrillo en la cabeza. Y la pelota salía rebotada como si fuera un fundazo contra la pared.
Aparecía en el primer palo, también en el segundo. Por sorpresa, siempre. Y su especialidad, la palomita. Ver ese enano planchado en el aire, como hiptonizado, aterrorizaba a los hinchas rivales. Se sostenía en el aire el tiempo que quisiera. Y la pelota siempre lo encontraba.
Le colocaban equipos enteros de tipos con 1,90. Les jugaban todo el tiempo con pelotazos y jugadas de balón parado. Pero no había forma de dominarlos cuando agarraban la pelota. Algo que pasaba por 90 minutos generalmente.
El toqueteo era furioso. Demoníaco. Por eso el equipo de los enanos dejó su sello en los ojos que supieron ver (buen) fútbol en aquella época dorada.
Dicen que aún con 40 años seguían haciendo estragos, porque ellos no corrían. Sino que la pelota bailaba entre ellos y sus rivales, de piernas largas, exhaustos, no podían más que mirar como les marcaban un gol más. Y otro. Y otro.
El equipo de los enanos se terminó el día que ellos decidieron que ya era suficiente. Que no hacía falta dejar más en claro que los centímetros del hombre no se miden con una regla. Y que el coraje no tiene talle. Está o no está en el cuerpo.
Quizá alguno de ellos, hoy, ancianos, prenda la TV y sienta que hay un equipo en España que los emula. Sólo animándose a poner dos o tres enanitos. No 11 como ellos. Están más vigentes que nunca.
Claro, cualquiera dirá que uno es loco si dice que hace tantísimos años hubo un equipo mejor que el Barcelona en Traslasierras. O quizá no.
Mejor quedarse con la frase de cabecera  del gran y pequeño goleador Atilio Miranda: “Podrán medir dos metros y tener las piernas más largas del mundo, pero yo todos los centímetros que me faltan los tengo en el alma. Y si no tenés alma, no tenés fútbol”.



lunes, 27 de enero de 2014

Perdimos todo

“Qué habíamos dicho, la puta madre. Si perdemos, perdemos y a la bosta. Dejense de joder y levántense. Se puede perder y se puede ganar. En una final es así. Campeón hay uno solo. Ya lo hablamos. Vamos, arriba. Vamos… Dale que vamos a comer el asado y brindar por el campeonatazo que jugamos”.

El Negro Pablo hablaba en el centro de la cancha de fútbol 5 sintética. En el piso, sentados estaban sus cuatro compañeros. Tito, el arquero, se sacaba lentamente los guantes, como recordando en cada dedo que veía la luz uno a uno los goles que se comió. Porque si hay algo que es cierto es que el gordo Tito se comió varios goles en esa final del torneo comercial de Berrotarán.

“Dale, Tito. No pasa nada gordo. Dejate de joder. Ya fue. Ellos eran mejores y llegaron más armaditos. Miralos como festejan, la gran concha de su madre. Dale, levantate gordito que ya está”.

El Negro Pablo, el delantero y goleador del equipo era quien consolaba al resto. Casi contra el córner, Pipo se sacabas las vendas ya negras de tanto uso y con ese olor a Atomo Desinflamante que inunda el vestuario cada vez que las desenrolla. Una postal suya. Ese aroma era inconfundible: era el Pipo.

“Dale Pipero vos también. No jodamos. Perdimos, viejo. Ya está”.

La frase del Pablito se seguía escuchando, mientras los rivales, el equipo de la Remisería Galgo seguía festejando. “Como puede ser que estos gordos que tienen el culo todo el día arriba del coche corran así. Para mi que nos cagaron con un par de jugadores. La puta madre. Y yo el gol que me comí cuando estábamos uno a uno. No si por algo me gorrean”, pensó Pablo para adentro de su cabeza enrrulada.

El Negro logró levantar uno a uno a sus compañeros. El Gordo Tito, Pipo, el Flaco Adrián y el Facha Funes. Siempre era así el Negro. Aún en las peores malas siempre te disfrazaba algo para que terminaras encontrando algo bueno. Por eso siempre estaba bueno cruzarse a charlar con él. Contarle lo que andaba mal. Un negocio que falló. Una mina que te dejó. Lo que sea. El Negro le encontraba la vuelta para que te fueras pensando que había otros a los que le iba a peor. Era su virtud. No la única. También era un gran errador de goles.

Pero jugaba solito allá arriba en el equipo de la Carnicería Don Charras. Siempre fue así. Desde que formaron el plantel hace ya unos cuatro años. El Negro Pablo había llegado a jugar en reserva de Sportivo Belgrano de Almafuerte y con esa fama se paseaba por todas las canchas de fútbol 5 o 7 de la zona. Vivía en Embalse pero siempre andaba por todos lados. Es un negro querido, sobre todo si es de noche.

Y después de un tiempo había juntado a la banda para ese torneo comercial en Berrotarán, a unos 30 kilómetros de Embalse. El primer premio, un lechón con bebida incluída. Que se servía la misma noche de la final.

Por eso el Negro Pablo habló con los muchachos antes de esa final y le pidieron seis hermosos kilos de carne a Don Charras, que era el auspiciante del equipo y el que garpó las camisetas hace cuatro años. Ahora, esos colores verde agua de la franja que cruzaba en diagonal el pecho estaban gastados. Pero se leía lindo todavía en el fondo blanco “Carnicería Don Charras”.

“Muchachos, tenemos seis kilos de asado y más allá de que se pierda o se gane, vamos a comer el asado después del partido y vamos a festejar”, tiró el Negro Pablo en la charla previa.

Un rato antes, había dejado la bolsa de nylon con los seis kilos de carne entre las mochilas y los bolsos de los muchachos, contra el alambrado allá al fondo. Precavido, ya tenía hablado al grone que estaba cocinando el lechón desde temprano y le guardó un lugarcito en la parrilla.

“Apenas termine le traigo la carne, jefe. Nosotros vamos tomando unos porroncitos y lo esperamos. Usted está invitado a morfar”, lo convenció al encargado de azar el lechón.

El quilombo se armó cuando el Negro Pablo empezó a revolear los bolsos y las mochilas. A buscar y buscar esa bolsa de nylon con la carne como perro que cava un pozo para esconder un hueso.

“¿Qué pasa, Negro? ¿Qué perdiste?”, le preguntó el Gordo Tito y el Negro ni respondió. Fue hasta la parrilla y desde acá se veían que el cocinero le hacía señas de que no sabía nada. Que no tenía lo que andaba buscando.

De allá volvió puteando el Negro Pablo. Endiablado. En llamas. La final perdida era poca cosa al lado de esto. La humillación era aún todavía más dolorosa. “Pero será la gran puta que las parió. Este pueblo de mierda. Quién me manda a venir a jugar un campeonato en Berrotarán. Hijos de mil putas”, insultaba y seguía metiendo mano en las mismas mochilas que ya había revisado.

Pasó un rato hasta que sus compañeros de equipo entendieron. “Me afanaron lo seis kilos de carne, la concha de la lora”.

El Gordo Tito ni quiso mirar. Mientras el Negro Pablo se pechaba con uno de los organizadores y le prometía piñas, puso en marcha el Ford Sierra y le hizo una seña a Pipo para que se acercara.

“Te das cuenta por qué no quiero jugar más con ese Negro. Cuando pierde, pierde en todo”, le dijo y puso primera.

En la ruta había pocos autos y ya era cerca de la una de la madrugada. Seguro en casa la señora de Tito y los pibes ya dormían. Como debe ser un martes a la noche en pleno noviembre. Aceleró y pensó que siempre, siempre, se puede perder un poco más.