viernes, 14 de noviembre de 2014

Deportivo Amadeo

Primero hay que decir que pasó un buen tiempo hasta que alguien se avivó que el viejo estaba siempre ahí, sentadito, en silencio, mirando. Será por esas cosas y el acelere que carga uno cuando va a jugar los sábados al fútbol con amigos. Son mil cosas las que te pasan por la cabeza. A veces pienso que uno maquina más que esos guasos llenos de guita que juegan la Champions League, viste. Porque nosotros miramos a los rivales, pensamos en que nos va a faltar el Tato en el medio, que el Gordo tuvo un tirón en la espalda atendiendo el kiosco y no va a saltar a cabecear como cada partido. Uno piensa en todas esas cosas. También en el árbitro. Si tiene cara de mal tipo. Porque la mayoría la tiene. Y si no le caes bien de entrada, te garcan.
Bueno, en ese sinfín de cosas que tiene un partido de fútbol en el torneo de los sábados jamás nos dimos cuenta de que el tipo, el mismo tipo, estaba ahí. Mirá que ni nuestros hijos nos iba a ver. Mucho menos las mujeres de los muchachos. Si odian el fútbol las minas. Si todos los sábados a la mañana te hacen el mismo quilombo porque te pirás y ellas no tienen plan. ¿Sacarlas a pasear? Minga, el sábado es fútbol con los amigos, mamita.
Y eso que siempre fuimos un equipo ganador, de andar bien en el torneo de Liceo General Paz. El famoso equipo de "El Deportivo Los Álamos". Tricampeones, viejo. TRICAMPEONES. Así en mayúscula, para que la gente sepa. Pero ni la cajeta del loro nos iba a ver. Hay que ser sinceros.
Hasta que lo descubrimos a él, al viejito Amadeo. Tiempo después nos enteramos que se llamaba así. Porque por varios meses desconocimos de quién se trataba. Porque como todo viejo sabio, hablaba poco. Con nosotros, nada. Simplemente iba a mirar fútbol. Imaginate pobre viejo. Elegirnos justo a nosotros. Semejantes matungos de la pelota.
Pero se ve que hubo algo que le llamó la atención a Amadeo. Será la amistad, será los códigos. Qué sé yo. Lo cierto es que estaba siempre ahí. Firme, cada sábado. Algo vio.
Una vuelta cayó con un botiquín de primeros auxilios para el equipo y nos contó que tenía una farmacia. Se acercó, lo obsequió para el plantel después de un triunfo sobre la hora 2-1, en el que el Terco se raspó hasta la médula. Y ahí lo empezamos a conocer.
“Hay que juntarse y compartir con gente joven, para no sentirse tan viejo. Eso es ser campeón de la vida”, nos dijo esa tarde, antes de irse.
Y, claro, lo adoramos a Amadeo. ¡Cómo no amarlo a ese viejo! Al otro sábado cayó, y al otro, y al otro. Faltaban jugadores, algunos se enfermaban, otros se habían chupado el viernes, avisaban que no podían, y el viejo Amadeo siempre estaba. Como un amuleto de El Depor. Algo que también nos diferenciaba de los otros equipos. Algunos creían que era nuestro entrenador. Pero lejos de eso. Amadeo sólo miraba el partido, disfrutaba del fútbol ese rato y se quedaba a compartir la charla, a contar alguna anécdota y volvía a su casa. Era feliz.
No fue hace tanto que nos enteramos que el viejo andaba jodido, que andaba mal. Amadeo nunca dijo nada. Pero por un familiar de uno de los pibes que lo había cruzado en la Clínica nos avivamos que andaba embromado. Mal, mal.
Y el silencio del equipo ese primero sábado que faltó fue desolador. Ni me acuerdo cómo salimos ese partido, con eso te digo todo. Nos mirábamos entre nosotros y pispeábamos afuera. Amadeo no estaba. La puta madre, qué habrá pasado con el viejo que no viene.
Arrancó el partido y no venía. Nos ganaba 3-0 y no venía. Terminó el partido y nunca vino Amadeo. Ahí nos entramos a preocupar todos. Y fue ese mismo domingo que nos desayunamos con la noticia que el viejo se había ido con el Barba, allá arriba, a seguramente sentarse a ver algún picadito de esos que le gustaban tanto. Con gente joven.
Disculpá que te venga con todo esto, hermano. Solamente para llenar una ficha. Pero es que te quería explicar porque de ahora en más no nos vamos a llamar más Deportivo Los Álamos. Ahora, desde éste torneo, nosotros somos Deportivo Amadeo. Así ponele: Deportivo Amadeo.


martes, 25 de marzo de 2014

Y si no lo gana, ¿qué?

El campeonato internacional de obligaciones comenzó para Messi desde que nació. Con las suyas, las que él mismo se impone. Las de jugar, hacer goles -más de los que nadie nunca jamás hizo-, la de ser figura -la más grande que sea posible-, la de ganar todos los títulos existentes -y especialmente el más grande de todos, el Mundial-, y, después, seguir haciendo goles, seguir siendo figura y seguir ganando títulos, especialmente el más grande de todos, otro Mundial.

Y es así porque así es Messi. Sólo él tiene la capacidad para exigirse algo. Para solicitarse ir por algo más. Porque, está claro, su deseo es tan grande que se hace inagotable. Su fútbol es deseo. Lo que lo moviliza es el deseo. Más que ninguno. Más que nadie. Por eso es tan bueno:porque desea. Y porque lo desea.

Ahora, el resto, todos nosotros, nunca jamás podremos ponernos en la altura de exigirle algo a alguien que entrega todo y más. Porque Messi no tiene ninguna obligación con nosotros, la patria Argentina, si es que así podemos llamarnos.

Desde qué lugar algunos se atreven a denostar los goles que hace Messi, por ejemplo, al Almería. "Que allá los defensores no marcan,que los arqueros no saben atajar y que el Getafe en el campeonato argentino saldría último".

Todos ellos (que son muchos), jamás podrán "obligarlo" a Messi a que gane un Mundial (y lo hacen, eh), porque jamás tuvieron el mismo deseo. Para nada. Ningunos de esos ha deseado tanto algo como desea Messi. A ese nivel. Y nadie, ninguno de esos, jamás se exigió asi mismo como se exige Messi. Algunos serán más "exitosos" en su vida. Otros menos (otro día discutimos sobre el éxito, ¿sí?). Pero no conocen ese nivel de deseo.

Pero, en estos 80 días que faltan para Brasil 2014 lo voy aseguir escuchando. En cada lugar hay uno de esos seres humanos incapaces de fomentar el deseo propio pero sí ponerle un revolver en la cabeza a Messi. "Que gane el Mundial como Maradona, sino no existe".

Y si no gana el Mundial, ¿qué? Para Messi será la gran decepción de su vida (futbolística). El deseo frustrado más doloroso. Pero seguramente lo volverá a intentar, si las piernas le dan para 2018.

Estos otros, que son muchos, seguirán en su sofá deseando nada para sus propias vidas. Y exigiendo a los demás a que sean campeones mundiales de la vida. Y que, además, hagan un gol en la final.

lunes, 17 de marzo de 2014

Hubo un Barcelona en Traslasierras



Por una casualidad del destino, del lugar, o vaya a saber por qué fenómeno natural (o anti natural), en ese exacto sitio de Córdoba no había hombres altos. Imagínense una ciudad entera de tipos de 1,60 centímetros, cuanto mucho. Gente común, obviamente. Pero no había algún lungo de esos que ya sobresalen en la fila del colegio primario.
La realidad era esa. Hombres con altura de mujeres. Y hasta alguna mina le sacaba una cabeza a más de uno. Dicen, aseguran quienes llevan más tiempo viviendo acá, que hubo una familia, los Laguzzi, que supo tener un par de hijos de 1,70 y 1,75. Pero los pibes se fueron a estudiar a Córdoba y jamás volvieron.
Se entiende. Llamaban demasiado la atención. Y se hacía muy difícil poder vivir en un lugar donde todo te queda chico. Porque desde el carpintero que confeccionaba las puertas, las camas o las sillas, pasando por las costureras o los zapateros, todos eran petisos. Y cada utensilio de la vida cotidiana era justo para ellos. No sobraba ni un centímetro.
Pero allí, en medio de un pueblito donde todo estaba hecho a su medida, surgió algo que los superó. Que los pasó. Que creció aún entre enanos. Y que llegó a ser casi una fábula que todavía se cuenta por la zona de Traslasierras. Siempre y cuando se hable de fútbol, claro está.
“El equipo de los enanos”. Así de simple. Uno ya sabía. Porque hicieron escuela allá por los años 70 y 80. Estamos hablando de un equipo de tipos bajos, muy bajitos, que crecían cuando empezaban a tocar la pelota. Lidiando así con todas las limitaciones físicas. Logrando, a través del juego, superar todos los obstáculos que se les presentaron por aquellos años.
Y ojo que intentaron todo. Y aquellos que se burlaron del equipo de los enanos la primera vez que los enfrentaron, desearon nunca más volverse a cruzar con esos demonios a los que las camisetas les quedaban enormes. Eran niños jugando al fútbol contra adultos.
Se dijo que en realidad eran duendes. Que no eran humanos. Porque era imposible que aquellos diminutos seres pudieran realizar aquellos maravillosos malabarismos con la pelota.
Hay una foto que todavía gira por algún viejo álbum de mi abuelo donde está esa formación. Que fue única en la historia del fútbol. Porque no había arriba ni abajo. Sino, que en señal de protesta a los modismos del fútbol, el equipo de los enanos se hacía fotografiar todos arrodillados en el césped. Uno al lado del otro.
También es cierto que hubo un pedido formal y por escrito de un grupo grande de clubes que clamaron por su desafiliación. Porque afirmaban con vehemencia que no pertenecían a esta liga. Ni a ninguna. Que no eran de acá. Que si es que existía una liga para enanos, ellos debían participar allí.
Las estadísticas todavía los recuerdan como el equipo más campeón en la Liga de Traslasierras. 18 títulos en 18 años consecutivos. Más de 2 mil goles a favor, con Atilio Miranda como su goleador furtivo, con mil tantos. Si hasta le decían el “Pelé enano”, porque había anotando tanto o más goles que el crack brasileño reconocido en el mundo entero.
Aquí, en estas líneas, hacemos algo de justicia con Atilio Miranda, un goleador enano olvidado. Que hizo la mitad de sus goles de cabeza. Los defensores nunca podían tomarlo, porque Miranda se encaraba de saltar entre ellos como un gimnasta. Era una pluma, que se elevaba y metía un certero frentazo contra un palo. Tenía un ladrillo en la cabeza. Y la pelota salía rebotada como si fuera un fundazo contra la pared.
Aparecía en el primer palo, también en el segundo. Por sorpresa, siempre. Y su especialidad, la palomita. Ver ese enano planchado en el aire, como hiptonizado, aterrorizaba a los hinchas rivales. Se sostenía en el aire el tiempo que quisiera. Y la pelota siempre lo encontraba.
Le colocaban equipos enteros de tipos con 1,90. Les jugaban todo el tiempo con pelotazos y jugadas de balón parado. Pero no había forma de dominarlos cuando agarraban la pelota. Algo que pasaba por 90 minutos generalmente.
El toqueteo era furioso. Demoníaco. Por eso el equipo de los enanos dejó su sello en los ojos que supieron ver (buen) fútbol en aquella época dorada.
Dicen que aún con 40 años seguían haciendo estragos, porque ellos no corrían. Sino que la pelota bailaba entre ellos y sus rivales, de piernas largas, exhaustos, no podían más que mirar como les marcaban un gol más. Y otro. Y otro.
El equipo de los enanos se terminó el día que ellos decidieron que ya era suficiente. Que no hacía falta dejar más en claro que los centímetros del hombre no se miden con una regla. Y que el coraje no tiene talle. Está o no está en el cuerpo.
Quizá alguno de ellos, hoy, ancianos, prenda la TV y sienta que hay un equipo en España que los emula. Sólo animándose a poner dos o tres enanitos. No 11 como ellos. Están más vigentes que nunca.
Claro, cualquiera dirá que uno es loco si dice que hace tantísimos años hubo un equipo mejor que el Barcelona en Traslasierras. O quizá no.
Mejor quedarse con la frase de cabecera  del gran y pequeño goleador Atilio Miranda: “Podrán medir dos metros y tener las piernas más largas del mundo, pero yo todos los centímetros que me faltan los tengo en el alma. Y si no tenés alma, no tenés fútbol”.